Leyenda de San Pedro Tlanixco
Se cuenta que hace muchos años San Pedro vivía en Atlatlahuca la historia es que San Pedro no le gustaba vivir allá porque lo maltrataban lo bañaban con agua fría y San Pedro no le gustaba y él decidió venirse para el pueblo que ahora se llama San Pedro y Cuando él vino dejó marcado su pie en El Paso pero después se enteraron que estaba en San Pedro y lo vinieron a traer y él fue y se escondió en un cedro y lo buscaron y se lo llevaron ,se lo volvieron a llevar y él volvió a regresar y cada que regresaba se escondía en los cedros por eso se quedó en San Pedro Tlanixco y ahora lo veneramos el 29 de junio le hacen su fiesta.
Caperucita Roja
Es uno de esos cuentos tradicionales que nos acompañaron en nuestra infancia y que ahora hacen reflexionar. A continuación, te proponemos compartir con los niños una versión corta del cuento tradicional de Caperucita Roja, que hemos acompañado con algunos juegos y actividades de comprensión lectora.
En un bosque muy lejos de aquí, vivía una alegre y bonita niña a la que todos querían mucho. Para su cumpleaños, su mamá le preparó una gran fiesta. Con sus amigos, la niña jugó, bailó, sopló las velitas, comió tarta y caramelos. Recibió un montón de regalos; pero su abuela tenía la sorpresa más especial: le regaló una capa roja de la que la niña jamás se separó.
Todos los días, salía vestida con la caperuza. Y desde entonces, todos la llamaban de Caperucita Roja.
Un día su mamá le llamó y le dijo:
- Caperucita, mañana quiero que vayas a visitar a la abuela porque está enferma. Llévale esta cesta con frutas, pasteles y una botella de zumo de naranja.
A la mañana siguiente, Caperucita se levantó muy temprano, se puso su capa y se despidió de su mamá que le dijo:
- Hija, ten mucho cuidado. No cruces el bosque ni hables con desconocidos. Pero Caperucita no hizo caso a su mamá. Y como creía que no había peligros, decidió cruzar el bosque para llegar más pronto.
La niña siguió feliz por el camino cantando y saludando a todos los animalitos que cruzaban su camino. Pero lo que ella no sabía es que, escondido detrás de los árboles, se encontraba el lobo que la seguía y observaba. De repente, el lobo la alcanzó y le dijo:
- ¡Hola, Caperucita!
- ¡Hola, señor lobo!
- ¿A dónde vas así tan guapa y con tanta prisa?
- Voy a visitar a mi abuela, que está enferma, y a la que llevo frutas, pasteles, y una botella de zumo de naranja.
- ¿Y dónde vive su abuelita?
- Vive del otro lado del bosque. Y ahora tengo que irme sino no llegaré hoy. Adiós, señor lobo.
El lobo salió disparado; corrió todo lo que pudo hasta llegar a la casa de la abuela. Llamó a la puerta.
- ¿Quién es? - preguntó la abuelita.
- Soy yo, Caperucita - dijo el lobo, imitando la voz de la niña.
La abuela abrió la puerta y no tuvo tiempo de reaccionar. El lobo entró y se la tragó de un solo bocado. Se puso el gorrito de dormir de la abuela y se metió en la cama para esperar a Caperucita.
Después de recoger algunas flores del campo para la abuela, Caperucita finalmente llegó a la casa. Llamó a la puerta y una voz le dijo que entrara. Cuando Caperucita Roja entró y se acercó a la cama, notó que la abuela estaba muy cambiada. Y preguntó:
- Abuelita, abuelita, ¡qué ojos tan grandes tienes!
Y el lobo, imitando la voz de la abuela, contestó:
- Son para verte mejor.
- Abuelita, ¡qué orejas más grandes tienes!
- Son para oírte mejor.
- Abuelita, ¡qué nariz más grande tienes!
- Son para olerte mejor.
Y ya asustada, Caperucita siguió preguntando:
- Pero abuelita, ¡qué dientes tan grandes tienes!
- ¡Son para comerte mejor!
Y el lobo, saltando sobre Caperucita, se la comió también de un bocado. El lobo, con la tripa totalmente llena, acabó durmiéndose en la cama de abuela.
Caperucita y su abuelita empezaron a dar gritos de auxilio desde dentro de la barriga del lobo. Los gritos fueron oídos por un leñador que pasaba por allí y se acercó para ver lo que pasaba.
Cuando entró en la casa y percibió todo lo que había sucedido, abrió la barriga del lobo, salvando la vida de Caperucita y de la abuela. Después, llenó piedras a la barriga del lobo y la cosió. Cuando el lobo se despertó sentía mucha sed. Y se fue a un pozo a beber agua. Pero al agacharse la tripa le pesó y el lobo acabó cayendo dentro del pozo del que jamás consiguió salir.
Y así, todos pudieron vivir libres de preocupaciones en el bosque. Y Caperucita Roja prometió a su mamá que jamás volvería a desobedecerla.
fin
Cien años de soledad
Gabriel García Márquez
Para Jomi García Ascot
y María Luisa Elio
Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de
recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo. Macondo era entonces
una aldea de veinte casas de barro y cañabrava construidas a la orilla de un río de aguas diáfanas
que se precipitaban por un lecho de piedras pulidas, blancas y enormes como huevos
prehistóricos. El mundo era tan reciente, que muchas cosas carecían de nombre, y para
mencionarlas había que señalarías con el dedo. Todos los años, por el mes de marzo, una familia
de gitanos desarrapados plantaba su carpa cerca de la aldea, y con un grande alboroto de pitos y
timbales daban a conocer los nuevos inventos. Primero llevaron el imán. Un gitano corpulento, de
barba montaraz y manos de gorrión, que se presentó con el nombre de Melquiades, hizo una
truculenta demostración pública de lo que él mismo llamaba la octava maravilla de los sabios
alquimistas de Macedonia. Fue de casa en casa arrastrando dos lingotes metálicos, y todo el
mundo se espantó al ver que los calderos, las pailas, las tenazas y los anafes se caían de su sitio,
y las maderas crujían por la desesperación de los clavos y los tornillos tratando de desenclavarse,
y aun los objetos perdidos desde hacía mucho tiempo aparecían por donde más se les había
buscado, y se arrastraban en desbandada turbulenta detrás de los fierros mágicos de Melquíades.
«Las cosas, tienen vida propia -pregonaba el gitano con áspero acento-, todo es cuestión de
despertarles el ánima.» José Arcadio Buendía, cuya desaforada imaginación iba siempre más lejos
que el ingenio de la naturaleza, y aun más allá del milagro y la magia, pensó que era posible
servirse de aquella invención inútil para desentrañar el oro de la tierra. Melquíades, que era un
hombre honrado, le previno: «Para eso no sirve.» Pero José Arcadio Buendía no creía en aquel
tiempo en la honradez de los gitanos, así que cambió su mulo y una partida de chivos por los dos
lingotes imantados. Úrsula Iguarán, su mujer, que contaba con aquellos animales para ensanchar
el desmedrado patrimonio doméstico, no consiguió disuadirlo. «Muy pronto ha de sobrarnos oro
para empedrar la casa», replicó su marido. Durante varios meses se empeñó en demostrar el
acierto de sus conjeturas. Exploró palmo a palmo la región, inclusive el fondo del río, arrastrando
los dos lingotes de hierro y recitando en voz alta el conjuro de Melquíades. Lo único que logró
desenterrar fue una armadura del siglo xv con todas sus partes soldadas por un cascote de óxido,
cuyo interior tenía la resonancia hueca de un enorme calabazo lleno de piedras. Cuando José
Arcadio Buendía y los cuatro hombres de su expedición lograron desarticular la armadura,
encontraron dentro un esqueleto calcificado que llevaba colgado en el cuello un relicario de cobre
con un rizo de mujer.
3
I
En marzo volvieron los gitanos. Esta vez llevaban un catalejo y una lupa del tamaño de un
tambor, que exhibieron como el último descubrimiento de los judíos de Amsterdam. Sentaron una
gitana en un extremo de la aldea e instalaron el catalejo a la entrada de la carpa. Mediante el
pago de cinco reales, la gente se asomaba al catalejo y veía a la gitana al alcance de su mano.
«La ciencia ha eliminado las distancias», pregonaba Melquíades. «Dentro de poco, el hombre
podrá ver lo que ocurre en cualquier lugar de la tierra, sin moverse de su casa.» Un mediodía
ardiente hicieron una asombrosa demostración con la lupa gigantesca: pusieron un montón de
hierba seca en mitad de la calle y le prendieron fuego mediante la concentración de los rayos
solares. José Arcadio Buendía, que aún no acababa de consolarse por el fracaso de sus imanes,
concibió la idea de utilizar aquel invento como un arma de guerra. Melquíades, otra vez, trató de
disuadirlo. Pero terminó por aceptar los dos lingotes imantados y tres piezas de dinero colonial a
cambio de la lupa. Úrsula lloró de consternación. Aquel dinero formaba parte de un cofre de
monedas de oro que su padre había acumulado en toda una vida de privaciones, y que ella había
enterrado debajo de la cama en espera de una buena ocasión para invertirías. José Arcadio
Buendía no trató siquiera de consolarla, entregado por entero a sus experimentos tácticos con la
abnegación de un científico y aun a riesgo de su propia vida. Tratando de demostrar los efectos
de la lupa en la tropa enemiga, se expuso él mismo a la concentración de los rayos solares y
sufrió quemaduras que se convirtieron en úlceras y tardaron mucho tiempo en sanar. Ante las
protestas de su mujer, alarmada por tan peligrosa inventiva, estuvo a punto de incendiar la casa.
Pasaba largas horas en su cuarto, haciendo cálculos sobre las posibilidades estratégicas de su
arma novedosa, hasta que logró componer un manual de una asombrosa claridad didáctica y un
Cien años de soledad.
poder de convicción irresistible. Lo envió a las autoridades acompañado de numerosos
testimonios sobre sus experiencias y de varios pliegos de dibujos explicativos, al cuidado de un
mensajero que atravesó la sierra, y se extravió en pantanos desmesurados, remontó ríos
tormentosos y estuvo a punto de perecer bajo el azote de las fieras, la desesperación y la peste,
antes de conseguir una ruta de enlace con las mulas del correo. A pesar de que el viaje a la
capital era en aquel tiempo poco menos que imposible, José Arcadio Buendia prometía intentarlo
tan pronto como se lo ordenara el gobierno, con el fin de hacer demostraciones prácticas de su
invento ante los poderes militares, y adiestrarlos personalmente en las complicadas artes de la
guerra solar. Durante varios años esperó la respuesta. Por último, cansado de esperar, se
lamentó ante Melquíades del fracaso de su iniciativa, y el gitano dio entonces una prueba
convincente de honradez: le devolvió los doblones a cambio de la lupa, y le dejó además unos
mapas portugueses y varios instrumentos de navegación. De su puño y letra escribió una
apretada síntesis de los estudios del monje Hermann, que dejó a su disposición para que pudiera
servirse del astrolabio, la brújula y el sextante. José Arcadio Buendía pasó los largos meses de
lluvia encerrado en un cuartito que construyó en el fondo de la casa para que nadie perturbara
sus experimentos. Habiendo abandonado por completo las obligaciones domésticas, permaneció
noches enteras en el patio vigilando el curso de los astros, y estuvo a punto de contraer una
insolación por tratar de establecer un método exacto para encontrar el mediodía. Cuando se hizo
experto en el uso y manejo de sus instrumentos, tuvo una noción del espacio que le permitió
navegar por mares incógnitos, visitar territorios deshabitados y trabar relación con seres
espléndidos, sin necesidad de abandonar su gabinete. Fue ésa la época en que adquirió el hábito
de hablar a solas, paseándose por la casa sin hacer caso de nadie, mientras Úrsula y los niños se
partían el espinazo en la huerta cuidando el plátano y la malanga, la yuca y el ñame, la ahuyama
y la berenjena. De pronto, sin ningún anuncio, su actividad febril se interrumpió y fue sustituida
por una especie de fascinación. Estuvo varios días como hechizado, repitiéndose a sí mismo en
voz baja un sartal de asombrosas conjeturas, sin dar crédito a su propio entendimiento. Por fin,
un martes de diciembre, a la hora del almuerzo, soltó de un golpe toda la carga de su tormento.
Los niños habían de recordar por el resto de su vida la augusta solemnidad con que su padre se
sentó a la cabecera de la mesa, temblando de fiebre, devastado por la prolongada vigilia y por el
encono de su imaginación, y les reveló su descubrimiento. -La tierra es redonda como una naranja.
Úrsula perdió la paciencia. «Si has de volverte loco, vuélvete tú solo -gritó-. Pero no trates de
inculcar a los niños tus ideas de gitano.» José Arcadio Buendía, impasible, no se dejó amedrentar
por la desesperación de su mujer, que en un rapto de cólera le destrozó el astrolabio contra el
suelo. Construyó otro, reunió en el cuartito a los hombres del pueblo y les demostró, con teorías
que para todos resultaban incomprensibles, la posibilidad de regresar al punto de partida
navegando siempre hacia el Oriente. Toda la aldea estaba convencida de que José Arcadio
Buendía había perdido el juicio, cuando llegó Melquíades a poner las cosas en su punto. Exaltó en
público la inteligencia de aquel hombre que por pura especulación astronómica había construido
una teoría ya comprobada en la práctica, aunque desconocida hasta entonces en Macondo, y
como una prueba de su admiración le hizo un regalo que había de ejercer una influencia
terminante en el futuro de la aldea: un laboratorio de alquimia.
Para esa época, Melquíades había envejecido con una rapidez asombrosa. En sus primeros
viajes parecía tener la misma edad de José Arcadio Buendia. Pero mientras éste conservaba su
fuerza descomunal, que le permitía derribar un caballo agarrándolo por las orejas, el gitano
parecía estragado por una dolencia tenaz. Era, en realidad, el resultado de múltiples y raras
enfermedades contraídas en sus incontables viajes alrededor del mundo. Según él mismo le contó
a José Arcadio Buendia mientras lo ayudaba a montar el laboratorio, la muerte lo seguía a todas
partes, husmeándole los pantalones, pero sin decidirse a darle el zarpazo final. Era un fugitivo de
cuantas plagas y catástrofes habían flagelado al género humano. Sobrevivió a la pelagra en
Persia, al escorbuto en el archipiélago de Malasia, a la lepra en Alejandría, al beriberi en el Japón,
a la peste bubónica en Madagascar, al terremoto de Sicilia y a un naufragio multitudinario en el
estrecho de Magallanes. Aquel ser prodigioso que decía poseer las claves de Nostradamus, era un
hombre lúgubre, envuelto en un aura triste, con una mirada asiática que parecía conocer el otro
lado de las cosas. Usaba un sombrero grande y negro, como las alas extendidas de un cuervo, y
un chaleco de terciopelo patinado por el verdín de los siglos.
La Llorona
Hace muchos años, en la época colonial de México, vivía una mujer indígena muy hermosa llamada María. Su belleza era tan grande que todos los hombres que la veían quedaban encantados. Un día, un caballero español de familia rica se enamoró de ella. Tuvieron dos hijos, pero él nunca la hizo su esposa. Con el tiempo, el hombre se cansó de María y decidió casarse con una dama española de su misma clase social.
María, destrozada por la traición y el dolor, cayó en la desesperación. En un momento de locura, llevó a sus dos hijos al río y los ahogó. Cuando se dio cuenta de lo que había hecho, lloró amargamente, pero ya era demasiado tarde. Poco después, fue hallada muerta junto al río.
Desde entonces, se dice que su alma quedó condenada a vagar por la tierra, llorando por sus hijos. Las personas que han caminado cerca de ríos o canales afirman haber escuchado una voz lastimera gritar:
“¡Ay, mis hijos!”
Se le aparece vestida de blanco, con el rostro cubierto, flotando sobre el agua o cruzando los caminos por la noche. Muchos creen que si la escuchas muy cerca, en realidad está lejos, y si la oyes lejos… está muy cerca. Su historia se cuenta como advertencia a los niños que se portan mal o a quienes salen de noche sin permiso.
🏰 El Callejón del Beso (Guanajuato)
En el corazón de Guanajuato, entre las callejuelas coloniales, existe un callejón tan angosto que los balcones de las casas casi se tocan. Ahí vivía Ana, una joven hija de un hombre rico y estricto. Ana se enamoró de Carlos, un humilde minero.
El padre de Ana se oponía al romance por ser Carlos pobre. A pesar de las prohibiciones, los enamorados encontraron una forma de verse: Carlos alquiló la habitación justo frente a la de Ana. Cada noche, se encontraban en sus balcones, tan cerca que podían darse un beso.
Pero una noche, el padre de Ana los sorprendió. Lleno de furia, encerró a su hija y le advirtió que si volvía a ver a Carlos, la mataría. Ana no hizo caso. La noche siguiente, al ver que Carlos la esperaba, salió al balcón. Su padre irrumpió en la habitación y, sin pensarlo, la apuñaló. Ana murió en los brazos de Carlos, quien también perdió la vida poco después por la tristeza.
Desde entonces, se dice que las parejas que se besan en el tercer escalón del callejón tendrán siete años de buena suerte y amor eterno. Pero si no lo hacen, podrían tener siete años de mala suerte en el amor.
🌋 Popocatépetl e Iztaccíhuatl
En tiempos del imperio azteca, la princesa Iztaccíhuatl, hija del tlatoani, se enamoró del valiente guerrero Popocatépetl. Cuando él pidió su mano, el emperador aceptó, con la condición de que primero Popocatépetl debía ir a la guerra y regresar victorioso.
Popocatépetl partió, y mientras luchaba lejos, un rival celoso del guerrero le llevó a Iztaccíhuatl la falsa noticia de que su amado había muerto. Al escuchar esto, la princesa cayó en una profunda tristeza y murió de pena.
Cuando Popocatépetl regresó triunfante, encontró a su amada sin vida. Desconsolado, la tomó entre sus brazos y caminó con ella hasta las montañas. Allí, la acostó y se arrodilló junto a ella, sin moverse nunca más.
Los dioses, conmovidos por su amor, los cubrieron con nieve y los convirtieron en dos grandes volcanes. Iztaccíhuatl es conocida como "La Mujer Dormida", por su forma recostada, y Popocatépetl, el volcán humeante, vela por ella hasta el día de hoy.
Gacela de la terrible presencia, de Federico García Lorca
Yo quiero que el agua se quede sin cauce.
Yo quiero que el viento se quede sin valles.
Quiero que la noche se quede sin ojos
y mi corazón sin la flor del oro.
Que los bueyes hablen con las grandes hojas
y que la lombriz se muera de sombra.
Que brillen los dientes de la calavera
y los amarillos inunden la seda.
Puedo ver el duelo de la noche herida
luchando enroscada con el mediodía.
Resisto un ocaso de verde veneno
y los arcos rotos donde sufre el tiempo.
Pero no me enseñes tu limpio desnudo
como un negro cactus abierto en los juncos.
Déjame en un ansia de oscuros planetas,
¡pero no me enseñes tu cintura fresca!

Me gusta cuando callas, de Pablo Neruda
Me gustas cuando callas porque estás como ausente,
y me oyes desde lejos, y mi voz no te toca.
Parece que los ojos se te hubieran volado
y parece que un beso te cerrara la boca.
Como todas las cosas están llenas de mi alma
emerges de las cosas, llena del alma mía.
Mariposa de sueño, te pareces a mi alma,
y te pareces a la palabra melancolía.
Me gustas cuando callas y estás como distante.
Y estás como quejándote, mariposa en arrullo.
Y me oyes desde lejos, y mi voz no te alcanza:
déjame que me calle con el silencio tuyo.
Déjame que te hable también con tu silencio
claro como una lámpara, simple como un anillo.
Eres como la noche, callada y constelada.
Tu silencio es de estrella, tan lejano y sencillo.
Me gustas cuando callas porque estás como ausente.
Distante y dolorosa como si hubieras muerto.
Una palabra entonces, una sonrisa bastan.
Y estoy alegre, alegre de que no sea cierto.
Amor constante más allá de la muerte, de Francisco de Quevedo
Cerrar podrá mis ojos la postrera
Sombra que me llevare el blanco día,
Y podrá desatar esta alma mía
Hora, a su afán ansioso lisonjera;
Mas no de esotra parte en la ribera
Dejará la memoria, en donde ardía:
Nadar sabe mi llama el agua fría,
Y perder el respeto a ley severa.
Alma, a quien todo un Dios prisión ha sido,
Venas, que humor a tanto fuego han dado,
Médulas, que han gloriosamente ardido,
Su cuerpo dejará, no su cuidado;
Serán ceniza, mas tendrá sentido;
Polvo serán, mas polvo enamorado.
Por una mirada, un mundo, de Gustavo Adolfo Bécquer
Por una mirada, un mundo,
por una sonrisa, un cielo,
por un beso… ¡yo no sé
qué te diera por un beso!
Palabras para Julia, de José Agustín Goytosolo
Tú no puedes volver atrás
porque la vida ya te empuja
como un aullido interminable.
Hija mía es mejor vivir
con la alegría de los hombres
que llorar ante el muro ciego.
Te sentirás acorralada
te sentirás perdida o sola
tal vez querrás no haber nacido.
Yo sé muy bien que te dirán
que la vida no tiene objeto
que es un asunto desgraciado.
Entonces siempre acuérdate
de lo que un día yo escribí
pensando en ti como ahora pienso.
La vida es bella, ya verás
como a pesar de los pesares
tendrás amigos, tendrás amor.
Un hombre solo, una mujer
así tomados, de uno en uno
son como polvo, no son nada.
Pero yo cuando te hablo a ti
cuando te escribo estas palabras
pienso también en otra gente.
Tu destino está en los demás
tu futuro es tu propia vida
tu dignidad es la de todos.
Otros esperan que resistas
que les ayude tu alegría
tu canción entre sus canciones.
Entonces siempre acuérdate
de lo que un día yo escribí
pensando en ti
como ahora pienso.
Nunca te entregues ni te apartes
junto al camino, nunca digas
no puedo más y aquí me quedo.
La vida es bella, tú verás
como a pesar de los pesares
tendrás amor, tendrás amigos.
Por lo demás no hay elección
y este mundo tal como es
será todo tu patrimonio.
Perdóname no sé decirte
nada más pero tú comprende
que yo aún estoy en el camino.
Y siempre siempre acuérdate
de lo que un día yo escribí
pensando en ti como ahora pienso.

Se equivocó la paloma, de Rafael Alberti
Se equivocó la paloma.
Se equivocaba.
Por ir al Norte, fue al Sur.
Creyó que el trigo era agua.
Se equivocaba.
Creyó que el mar era el cielo;
que la noche la mañana.
Se equivocaba.
Que las estrellas eran rocío;
que la calor, la nevada.
Se equivocaba.
Que tu falda era tu blusa;
que tu corazón su casa.
Se equivocaba.
(Ella se durmió en la orilla.
Tú, en la cumbre de una rama.)
A una rosa, de Góngora
Ayer naciste, y morirás mañana.
Para tan breve ser, ¿quién te dio vida?
¿Para vivir tan poco estás lucida?
Y, ¿para no ser nada estás lozana?
Si te engañó su hermosura vana,
bien presto la verás desvanecida,
porque en tu hermosura está escondida
la ocasión de morir muerte temprana.
Cuando te corte la robusta mano,
ley de la agricultura permitida,
grosero aliento acabará tu suerte.
No salgas, que te aguarda algún tirano;
dilata tu nacer para la vida,
que anticipas tu ser para tu muerte.
Ya besando unas manos cristalinas,
ya anudándose a un blanco y liso cuello,
ya esparciendo por él aquel cabello
que Amor sacó entre el oro de sus minas,
ya quebrando en aquellas perlas finas
palabras dulces mil sin merecello,
ya cogiendo de cada labio bello
purpúreas rosas sin temor de espinas,
estaba, oh, claro sol invidïoso,
cuando tu luz, hiriéndome los ojos,
mató mi gloria y acabó mi suerte.
Si el cielo ya no es menos poderoso,
porque no den los suyos más enojos,
rayos, como a tu hijo, te den muerte.
A un olmo seco, de Antonio Machado
Al olmo viejo, hendido por el rayo
y en su mitad podrido,
con las lluvias de abril y el sol de mayo
algunas hojas verdes le han salido.
¡El olmo centenario en la colina
que lame el Duero! Un musgo amarillento
le mancha la corteza blanquecina
al tronco carcomido y polvoriento.
No será, cual los álamos cantores
que guardan el camino y la ribera,
habitado de pardos ruiseñores.
Ejército de hormigas en hilera
va trepando por él, y en sus entrañas
urden sus telas grises las arañas.
Antes que te derribe, olmo del Duero,
con su hacha el leñador, y el carpintero
te convierta en melena de campana,
lanza de carro o yugo de carreta;
antes que rojo en el hogar, mañana,
ardas de alguna mísera caseta,
al borde de un camino;
antes que te descuaje un torbellino
y tronche el soplo de las sierras blancas;
antes que el río hasta la mar te empuje
por valles y barrancas,
olmo, quiero anotar en mi cartera
la gracia de tu rama verdecida.
Mi corazón espera
también, hacia la luz y hacia la vida,
otro milagro de la primavera.
Ir y quedarse, de Lope de Vega
Ir y quedarse, y con quedar partirse,
partir sin alma, y ir con alma ajena,
oír la dulce voz de una sirena
y no poder del árbol desasirse;
arder como la vela y consumirse,
haciendo torres sobre tierna arena;
caer de un cielo, y ser demonio en pena,
y de serlo jamás arrepentirse;
hablar entre las mudas soledades,
pedir prestada sobre fe paciencia,
y lo que es temporal llamar eterno;
creer sospechas y negar verdades,
es lo que llaman en el mundo ausencia,
fuego en el alma, y en la vida infierno.

Volverán las oscuras golondrinas, de Gustavo Adolfo Bécquer
Volverán las oscuras golondrinas
en tu balcón sus nidos a colgar,
y otra vez con el ala a sus cristales
jugando llamarán.
Pero aquellas que el vuelo refrenaban
tu hermosura y mi dicha a contemplar,
aquellas que aprendieron nuestros nombres…
¡esas… no volverán!.
Volverán las tupidas madreselvas
de tu jardín las tapias a escalar,
y otra vez a la tarde aún más hermosas
sus flores se abrirán.
Pero aquellas, cuajadas de rocío
cuyas gotas mirábamos temblar
y caer como lágrimas del día…
¡esas… no volverán!
Volverán del amor en tus oídos
las palabras ardientes a sonar;
tu corazón de su profundo sueño
tal vez despertará.
Pero mudo y absorto y de rodillas
como se adora a Dios ante su altar,
como yo te he querido…; desengáñate,
¡así… no te querrán!
Coplas a la muerte de su padre, Jorge Manrique
Recuerde el alma dormida,
avive el seso e despierte
contemplando
cómo se passa la vida,
cómo se viene la muerte
tan callando;
cuán presto se va el plazer,
cómo, después de acordado,
da dolor;
cómo, a nuestro parescer,
cualquiere tiempo passado
fue mejor.
San Pedro Tlanixco, un pueblo en el Estado de México, es conocido por su lucha por el agua y la tierra, así como por un conflicto que resultó en la condena de seis de sus habitantes por el asesinato de un floricultor. Este conflicto, que data de 2003, enfrentó a los campesinos de Tlanixco con los floricultores de Villa Guerrero por el control del río Texcaltenco, que nace en Tlanixco.
Conflicto por el agua:
Tlanixco, habitado principalmente por campesinos, se enfrentó a los floricultores de Villa Guerrero por el control del río Texcaltenco. Los floricultores acusaban a Tlanixco de contaminar el agua, mientras que los habitantes de Tlanixco defendían su derecho al agua para uso personal y doméstico.
Asesinato de un floricultor:
En 2003, un floricultor fue asesinado, y seis habitantes de Tlanixco, miembros del Comité de Agua, fueron acusados y condenados a largas penas de prisión por el asesinato, a pesar de las protestas de la comunidad que afirmaban que el floricultor había caído accidentalmente en una barranca.
La comunidad de Tlanixco ha luchado por la liberación de los seis condenados, denunciando la injusticia y la persecución política.
Presencia de grupos armados:
Se ha señalado la presencia de grupos armados en la región, relacionados con el conflicto y la defensa de los intereses de los floricultores.
Tlanixco es visto como un pueblo aguerrido que defiende sus intereses, pero también como un lugar donde la violencia y la persecución han afectado a sus habitantes.
El nombre Tlanixco proviene del náhuatl y significa "en la haz de la tierra".
Lucha por la tierra y el territorio:
La lucha por el agua se entrelaza con la defensa del territorio y la cultura de los habitantes de Tlanixco, descendientes de los matlazincas, que hablan náhuatl.
En resumen, San Pedro Tlanixco es un pueblo con una historia rica en lucha y resistencia, donde el conflicto por el agua ha marcado su historia reciente y ha generado una profunda división en la comunidad.
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